El aislamiento en los calabozos, los buzones de castigos en Sierra Chica, el 12, era muy alto. La ventana estaba casi pegada al techo. Entraba un haz de luz muy tenue. Estás prácticamente a oscuras. Caminas como un loco esos cinco pasos en diagonal, para tratar de controlar el “cajeteo” y no angustiarte, desesperarte, y para no cagarte de frío, porque te tiraban agua por debajo de los portones. Yo trataba de planificar las cosas en las que iba a pensar para matar el tiempo y no deprimirme. Siempre te referías al pasado. Reveía mis partidos de básquet, de pelota a paleta, el ajedrez, el ping pong y el fútbol. Trataba de reconstruir lecturas. Repasaba los trámites que debía hacer para conseguir la libertad. Y me negaba a los sentimientos, a pensar en la familia, a todo lo que me pudiera sensibilizar, porque, si no, te haces añicos.
Lo que me daba aliento era mirar hasta el cansancio el organigrama que dibujaba en la pared no bien pisaba el chancho. Con cascaritas quemadas de pan hacías un cuadro al lado del otro, según la cantidad de días de castigo que te habían dado. El cuadrado lo dividías en cuatro triángulos. Cuando te sacaban el colchón y la frazada a la mañana, pintabas el primer triángulo. Cuando te traían el “rancho” al mediodía, el segundo. Con el mate cocido de la tarde, el tercero. Y con el recuento de la noche y la cena, el cuarto. Y así tenías la certeza de que el día había concluido, y sucesivamente hasta cumplir los días de castigo… Pero el guiso de la noche te lo “servían” en un plato de aluminio hirviendo, daban la vuelta al pabellón y ya debías entregarlo vacio el plata y no teníamos tiempo en un minuto porque nos quemábamos la boca, no podías era una inmundicia, terminamos comiendo un poco y el resto a la letrina, donde el verdugo guardia Cardoso gritaba al mismo tiempo: ¡Va el agua! y cuando apretaba el botón o “tiraba la cadena debíamos tirarnos de cabeza, acercar la boca al chorro de agua que era sumamente sucia y repugnante, por la mierda y el orín…
Pero esto no bastaba. Por eso cuando tenía algún compañero vecino sancionado, buscaba el diálogo con el Morse para sentirme acompañado. Y una vez me tocó compartir aislamiento justo al lado de Martín Guevara, el hermano menor del Che. Un tipo humilde, simple e inteligente. Se parecía al hermano; cara afinada, pálido. Martín estaba enfermo. Venía de salir de dos hepatitis al hilo y lo acababan de operar de una hernia. Estando en el post-operatorio lo mandaron castigado porque de vuelta en el pabellón lo agarraron durmiendo de día. Como no le habían sacado los puntos de la herida, le supuraba. Sufría, tenía fiebre. Por medio del oficial de turno le pidió al director Enrique Vázquez que le postergara el castigo hasta que terminara de sanarse, pero se lo negaron. Sin embargo, en lugar de lamentarse, me decía: que estaba admirado de la capacidad de aguante del cuerpo mientras hubiera una motivación. Y allí era sobrevivir a esos hijos de puta sin renunciar a la dignidad . Para olvidarnos de los días de sanción que nos faltaban cumplir y para hacer algo útil.
Yo sentí que Martín necesitaba ayuda; estaba un poco caído por el dolor de la operación, los puntos, la fiebre y en esas condiciones tan deplorables, con tanto frío, sucio, olvidado en el fin del mundo. Inventé algo para distraernos. Con el Morse le propuse que jugáramos al ajedrez. De pedazos de diarios que nos daban para limpiarnos el culo, recortamos pedacitos en donde fuimos dibujando las fichas con restos de las cáscaras quemadas de los panes que nos daban en la comida. También con esas cascaritas dibujamos los tableros en el banco de cemento grueso que hacía de cama… Llegamos a jugar hasta tres o cuatro partidos por día, pasando los movimientos por el Morse. Los días se nos pasaron volando. El Che había sido un buen aficionado al ajedrez y le pregunté por él. Me decía que no se acordaba porque era muy niño cuando el Che se fue de la Argentina. De ese castigo él tenía que salir dos días después que yo. Cuando a mí me sacan, le abren las rejas a él también. Martín se hizo el “sota”, el desentendido y siguió al guardia. Pensamos que cuando se dieran cuenta del error lo irían a buscar de nuevo al pabellón para hacerle cumplir los dos días que le faltaban, pero temo que no fue así.
Ya después con los años, en libertad, nos hemos visto en Buenos Aires, en las ferias de libros, en las cuales Cuba siempre estuvo presente, y también en visitas a nuestro abogado, ex preso y conocido: Rodolfo Ojea Quintana, que nos representaba en las solicitudes de juicios e indemnizaciones. Esos encuentros fortuitos sirvieron para recordar y reírnos de la ciencia del ajedrez; y siempre le quedaba la duda de quién había ganado casi todas las partidas en esos días inciertos…
Postdata: Hay un error de los intelectuales que creen que Martín debería ser el Che. Un amigo mio me pidio por favor asistir a la Feria del Libro y que en los stands de Cuba lo buscara y de paso se lo presentara. Este loco se creyo que tenía que ser intelectalmente como el Che y quedo desilusionado. Es el hermano menor del Che, como en otro grado yo soy el hermano menor y diferente del periodista Juan Gasparini,aunque no hay nada que me asemeja, ni comparación. Martín es un gran tipo, al que quizas el personaje de ser hermano del Che le queda grande, sin ofenderlo, ya que guardo gratos recuerdos. Martín tiene muy bajo perfil y es la mejor manera de ser él mismo y vivir tranquilo.
Saludos del capi para Martín Guevara
Las fotos del autor en las Cárceles de Sierra Chica, U9 La Plata y Caseros, son fotocopias autenticas.
Arriba a la izquierda es de Unidad 9 La Plata, la siguiente Sierra Chica. Abajo a la izquierda Sierra Chica y al lado Penal de Caseros
Osvaldo César Gasparini 2943 Días de Prisión
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