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La generación DREAMer soñará ahora a todo color

Si es que existiese un premio a la perseverancia, de seguro que me gustaría entregárselo a los jóvenes del movimiento DREAM, un coro de chicos y chicas que ha ido creciendo durante esta última década de altos y bajos, de esperanzas y desaliento para lo que conocemos como el DREAM Act.

Muchos de ellos se fueron enterando en su adolescencia, la época en que los sueños van tomando forma, que sus padres los trajeron a Estados Unidos, en estado legal de indocumentados, cuando eran niños.

Imagínate el choque de enterarte que no eres igual que tus amigos, que lo que ellos pueden hacer, manejar, ir a la universidad, trabajar, tú no lo puedes hacer porque a pesar de que todo en tu historia hasta aquel fatídico instante te dice que tú eres tan americano como el pastel de manzana, de pronto te enteras que lo tuyo no es, digamos, ‘valido’, ante los ojos de la ley, tu ciudad, tu escuela, y hasta tus propios amigos.

Es como si de la noche a la mañana hubieras adquirido una enfermedad contagiosa y letal y hubieses perdido todo, absolutamente todo lo que reconoces como real y tuyo. Y con ello, con aquel dictamen que a muchos les llega durante un momento inocuo, como una conversación con un policía porque fuiste muy rápido o muy lento o no te estacionaste adecuadamente, todos los sueños, toda tu vida se va en un suspiro.

Sería suficiente para que muchos de nosotros, los adultos, los grandes, nos diéramos por vencidos. Abatidos, recogeríamos nuestras piltrafas y nos iríamos en medio de la noche; agazapados en las sombras de la vergüenza algunos nos regresaríamos a nuestros países, dejaríamos que aquellos que legislan con odio ganasen.

Pero no para los DREAMers. Para ellos cada desilusión se ha convertido en un grito de guerra, un murmullo de perseverancia, un arrullo de paciencia. Con cada DREAM Act que no ha sobrevivido un Congreso desalmado, más y más jóvenes se han unido a este movimiento. Guagüitas que nos han enseñado que aun cuando pierdes ganas, porque los pasos andados no se desandan.

Estos son jóvenes, casi niños, que han madurado de la noche a la mañana y han tomado un puesto de gran responsabilidad en el espacio político, son los que han empujado sus ideales con una fuerza que solo puedes tener cuando sabes que estás en lo cierto, desafiando las voces hostiles con entereza, sufriendo castigo y arriesgando con cada manifestación aquello a lo cual le temen más que a nada, deportación.

Apostaron en su educación y en que en algún momento las oportunidades por fin se presentarían para ellos. Y para más de un millón, a partir del 15 de agosto, día en que podrán empezar a solicitar protección de deportación y permiso de trabajo a través de la nueva política de acción diferida, los sueños en sombras borrosas de destinos futuros se convertirán en realidades a color.

A la generación DREAMer les debemos un aplauso y más, mucho más, porque nos han enseñado que con miedo no se logra nada pero que los sueños, aun los sueños que parecen imposibles, están al alcance de aquellos que los persiguen con valentía, perseverancia, paciencia y unidad.

Celebren el 15 de agosto, muchachos, que se lo tienen bien merecido. Y el 16, regresen a hacer lo que hacen mejor que nadie: a enseñarle a los grandes cómo se hace, cómo se sueña en colores vívidos, cuando de verdad tienes ganas.

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